Belleza Salvaje

 
 

Tú no lo sabías pero tu cuerpo no era tuyo. Tu rostro de niña tampoco.

Tú no lo sabías, pero esa sonrisa única y esas cejas portentosas iban a desparecer porque eras la infantil promesa de una belleza salvaje.


Madonna cantaba Like a Virgen y había que parecerse a ella. O a Michelle Pfeiffer. ¿Cómo ibas a lograr el milagro si habías nacido latina, bajita, toda cejas, bigote y pelo negro?

Te dolió más la sangre de la primera vez que te depilaste el bigote con cera que la sangre de tu primera menstruación. Tú no lo sabías pero te dolería más la primera vez que alguien insistiera en que debías dejar de comer que el primer apretón que el dentista le dio a tus dientes. Te corrigieron la mordida, eso dijeron. 


Te llevaron al nutriólogo, al gimnasio, insistieron en que debías perder peso. Lo intentaste todo. Y un día lo lograste, por fin estabas flaca.

Inventaste tu propia dieta a base de café, chicles de menta y cigarros. Funcionaba. También funcionó beber sólo jugos frutales un mes antes de tu boda para que el vestido te quedara perfecto. Tú no lo sabías, pero pronto volverían los kilos tan pesados como el tedio de tu vida de pareja.


Luego del divorcio, una tarde les mentiste a tus hijos: dijiste que ibas al gastroenterólogo pero fuiste a probarte los implantes mamarios de la cirugía estética.

Tú no lo sabías, pero experimentarías un dolor que ni el del parto. Tus pezones removidos y vueltos a colocar tensaban la piel y las costuras supuraban. Cómo dolía, carajo. Respirar quemaba.

Cicatrizaste mal. Te resignaste a esas marcas oscuras que se expanden bajo tus senos. 

Kim Kardashian. Ahora había que parecerse a ella. Es que la belleza no da tregua. Pero eso tú no lo sabías.


Luego el infierno se abrió bajo tus pies: desajuste hormonal. Pasabas los cuarenta años y volvías a ser gorda aunque sólo comieras lechugas. No ibas a permitirlo.

Volviste a las dietas pero no podías sostenerlas más de una semana cuando ya estabas tirada en el piso de la cocina metiéndote a puños las papas fritas en la boca, resoplando como un jabalí. Muerta de ansiedad. Muerta de hambre. Muerta de vergüenza. A tu edad. Haciendo eso.

La persecución volvería a dar un giro: ahora había que parecerse a Chloë Moretz y a Selena Gomez, ¿cómo lograr el milagro si una tiene diecinueve años y la otra veintitrés? Tú estás ya muy cerca de cumplir cincuenta. 

Es cada vez más difícil huir de la caza.

Piensas en tu carita de cejas portentosas y tu sonrisa imperfecta, ahora las extrañas. 

Pero eso tú no lo sabías.


Alma Delia Murillo